Año 9 - Número 63

Crónica 

Cielos grises, polvos azules 

Por Eduardo Rojas

Lima es una ciudad de contradicciones, entre la tradición y la modernidad capitalista. Pero en medio de un centro comercial similr a La Salada bonaerense puede esconderse un secreto que los iniciados se pasan de boca en boca. Hay en el subsuelo de este lugar un paraíso cinéfilo.

I.- De gris en minoría. Lima está asentada sobre piedra y polvo. Piedra abajo, en la base de su suelo pedregoso; polvo arriba, y abajo y alrededor, un polvo grisáceo que borra el confín del horizonte en donde se dibujan los cerros grises sobre los que se asientan las poblaciones, las barriadas precarias en donde la vida es otra, tan cerca y tan lejos de la ciudad colonial que se encierra en barrocos balcones de madera mexicana importada durante la colonia, que se alza en viejas iglesias, cada una tributando a la catedral, reina del centro histórico, monumento de piedra, madera y oro en el centro del centro histórico, a un costado de la casa de gobierno vallada de hierros; centro histórico cuya higiene, material y étnica está garantizada por cientos de policías de cascos blancos, pechos sólidos, escudos de fibra transparente y enormes bastones disuasores.

Pero Lima es piedra, polvo y mar. Un mar gris como el polvo que bendice a la ciudad, como el cielo que se diluye en el pacífico océano que piadosamente la humedece. Porque en Lima nunca llueve; el cielo que la cubre, perpetuamente plomizo, nunca concreta su amenaza acuática; algún viento, alguna humedad henchida de gotas que finalmente van a desahogarse en el Pacífico. El agua venida del cielo es, en Lima, un mito del realismo mágico tropical. Ni Vargas Llosa, ni los andinos Scorza o Arguedas, ni el novel Roncagliolo, fueron capaces de imaginar la lluvia sobre la capital peruana. Todo es gris, un gris perpetuo que, visto desde las barrancas en las que la ciudad se precipita hacia el océano, termina por difuminar los límites entre cielo y agua. Un gris que hipnotiza al forastero, que lo ata a la contemplación de una superficie líquida o brumosa o etérea en la que la grisalla desvela sus matices. El gris es eterno, brilla en su opacidad y constantemente descubre bordes y matices nuevos e inesperados. El gris del mar y el cielo limeños, cuenca velada de límites difusos, se resuelve en polvo en las calles, polvo impalpable esparcido por igual sobre el centro histórico, sobre la bella prosperidad globalizada de Miraflores o San Isidro, o sobre las lejanas poblaciones asentadas encima de la montañosa piedra preandina, gris testimonio de la pobreza histórica que, como el polvo, impregna de espera a  la prosperidad, a la modernidad o a la bella supervivencia del pasado colonial.


II.- Polvos clandestinos. Ciudad de cielos grises, Lima se estira en una larga avenida que el turista imagina perimetral. Desde el taxi vemos en dirección al mar, cerca de la entrada a Miraflores, un enorme cartel que anuncia: Polvos azules. El chofer nos dice que es un centro de ventas, que se puede conseguir cualquier cosa ¿El nombre? Tal vez provenga de la colonia. Para algunos era el resultante del teñido de cueros en una tonalidad azul que se practicaba en la zona; otros dicen que algunas parejas clandestinas aprovechaban la relativa tranquilidad del lugar para concretar sus encuentros amorosos y que inevitablemente salían de allí coloreados de azul, lo que los delataba y terminaba haciendo pública su intimidad. “Son polvos azules”, decían; el nombre quedó fijado a la zona como sinónimo de sexo adúltero. 


III.-  El Sexto y después. El edificio de la Embajada argentina es una hermosa construcción neoclásica desde cuyos ventanales se ve el tránsito constante de la Avenida Paseo de la República y, del otro lado, la enorme Plaza Grau. Pregunto por El Sexto, el famoso Panóptico de Lima, la cárcel en donde José María Arguedas purgó su prisión política, ubicado en el centro de la Plaza Grau, tétrico edificio en donde se mezclaban presos comunes y políticos, centro del horror y la tortura que Arguedas describió en El Sexto, su novela carcelaria y autobiográfica.


-Era allí- me dicen; veo un edificio enorme y moderno con el inconfundible logo de un hotel internacional, El Sexto es ahora el Sheraton de Lima. Otros tiempos, otras formas de alojar a los huéspedes. Junto al hotel, en la plaza, veo un cartel familiar: Polvos azules; la flecha orienta hacia un lugar vecino sobre la avenida, hacia allí voy esquivando el tránsito, tentándome frente a las cevicherías al paso, cruzándome con algunas de las pocas indígenas que la corrección política ha permitido sobrevivir en el centro de la ciudad, las que con sus ropas tradicionales mantienen precariamente la tradición de la venta callejera. 


Finalmente allí están, los Polvos azules, un edificio cuadrado y feo, de un color entre gris y ocre arratonado, cuatro pisos y una terraza que es precaria playa de estacionamiento. Las varillas de acero expuestas al aire anuncian que la construcción seguirá creciendo.


IV.- Cine y otras filias. Hay gente que se desvive por comprar, ”ir de shopping”, le dicen, manía de capitalismo avanzado, lo importante no parece ser qué se compra sino cuánto. Para ellos Lima tiene el Centro Comercial Larcomar en Miraflores, en una inmejorable ubicación frente al Pacífico; allí van las clases altas limeñas, “de shopping”, a comprar, y pasear, y comprar, y quizá también a disfrutar del gris espejado del cielo y el mar.

Polvos azules tiene la misma función pero para los pobres y la débil clase media. Los vendedores callejeros que antes se amontonaban en las veredas ofreciendo su mercadería, se vieron de pronto expulsados de la calle y, hace alrededor de quince años, luego de varias idas y vueltas, constituyeron una cooperativa y compraron, en una cifra millonaria en dólares, un viejo edificio abandonado que ahora es la casa de los Polvos Azules, una especie de La Salada bajo techo, colorida y ruidosa en donde todo comercio, más o menos clandestino, encuentra su lugar: zapatillas de marca y dudosa legitimidad, ropa, música alimento para mascotas y también las mascotas (perros, gatos, loros), comida, libros, electrónica de todo tipo, cualquiera puede satisfacer su afición al shopping pirata. Nosotros en cambio, que hemos ido a Lima llevados por otra filia, la relacionada con el cine, nos encontramos en un subsuelo con la mayor sorpresa: los locales que venden DVDs. Son pocos pero son, y van sofisticando su oferta a medida que uno se interna en los laberínticos pasillos. Los perimetrales ofertan los estrenos recientes y futuros como cualquier mantero del Once, buscando se encuentran algunas perlas: Carancho, la película de Pablo Trapero es vendida con el afiche original en su tapa, en el que aparecen sus protagonistas Ricardo Darín y Martina Gusmán, pero la película ha cambiado su nombre, ahora se llama El secreto de sus ojos 2. En los rincones más ocultos de la feria, sin embargo, domina la seriedad comercial: un local casi escondido que atienden dos hermanos gemelos reúne un catálogo que quita el aliento, todo Bergman, todo Fellini, todo Visconti, casi todo Nanni Moretti, casi todo el prolífico Werner Herzog, todo Godard (pero todo, hasta los cortometrajes que filmó antes de Sin aliento). Otro local vecino ofrece cine oriental, la totalidad de la obra de Kurosawa es casi un lugar común; todo Ozu, las poco más de cuarenta películas que se conservan de Kenji Mizoguchi, otro tanto de Mikio Naruse, los nuevos como Naomi Kawase y Miike ¿Westerns? Vean a John Ford al completo, Hawks, Walsh. ¿Comedias? Una decena del maestro Ernst Lubistch, otro tanto de Billy Wilder; películas que no he encontrado en su país de origen como la brasileña Ônibus 124 de José Padilla, o todo el cine de Glauber Rocha; títulos malditos como Sangre sabia, la versión de la novela de Flannery O´Conor dirigida por John Huston, que nunca se estrenó en Argentina. Buñuel mexicano, Cassavettes, Wiseman. El paraíso es una película y está en Polvos azules. 


El zumbido constante de los aparatos electrónicos, la permanente luz artificial le dan al lugar el aire de un laboratorio secreto, una cripta en donde se gesta un invento desconocido, quizá maligno. En estos pasillos cada uno puede hacerse su propia película, dibujar su propio recorrido; como en una biblioteca babélica aquí podrá hallar más de lo que nunca imaginó.

Este laberinto subterráneo resulta ser un secreto compartido a voces por todos quienes participan del Festival de Cine de Lima; el crítico, realizador y director del Bafici Sergio Wolf sostiene que los propietarios de los locales son cinéfilos de gusto y conocimiento supremos; sus caras, dice, van cambiando de expresión con imperceptibles gestos de aprobación o disgusto conforme sea la película elegida. Su homólogo colombiano Luis Ospina, realizador y director del Festival de Medellín, encontró su filmografía casi completa en uno de los locales, únicamente faltaba una película, cuya copia regaló a los vendedores como agradecimiento, solo los piratas de los Polvos había puesto tanta atención en su obra. Algo parecido le ocurrió al veterano director peruano Francisco Lombardi, de su propia y extensa filmografía faltaba una película: Muerte de un magnate de la cual solo tenía una pésima copia en video; la entregó a los magos de los Polvos, en pocos días le devolvieron una copia en DVD remasterizada en impecables condiciones y, como siempre, en una cajita con la foto del afiche original y la ficha técnica en tapa y contratapa. 


V.- La utopía vestida de azul: Polvos azules, su casi surrealista oferta de películas es ya un secreto a voces en la ciudad de los cielos grises; sus pasillos, vibrantes de energía estática, de esa luminosidad artificial que termina empalideciendo la piel de los cinéfilos, son una anomalía únicamente posible en este creativo experimento de proto capitalismo. Cuando uno los recorre, afiebrado, enfermo de bulimia cinéfila, está siendo al mismo tiempo protagonista de un acto de rebeldía cultural, de una novedosa y grata forma de resistencia política. Prohibido prohibir. Algún día asaltaremos los cielos grises y los teñiremos de azul como los Polvos. Y si no, miraremos una película.


 
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