Año 9 - Número 63

¿Alguien cambia? 

El cambio imposible 

Por Javier Sinay 

Desde el momento en que la Justicia acusa a un criminal, ese hombre cargará con una etiqueta de la que difícilmente pueda desprenderse. La cárcel, luego, sólo empeora las cosas y la posibilidad de cambio -al menos, positivo- se diluye. Esta es la pesimista visión de Mariano Castex, médico, psiquiatra y uno de los peritos más equeridos en la materia.  

En su coqueto estudio de la calle Arroyo, Mariano Castex recuerda a algunos de sus clientes marginales y niega con la cabeza. “Hay estructuras que no cambian”, asegura. El médico y psiquiatra es uno de los peritos más requeridos y prestigiosos de los últimos treinta años y trabajó en varios casos célebres: Horacio Conzi, el padre Grassi, Martín Ríos (el tirador de Belgrano), Fabián Tablado (el asesino de las 113 puñaladas), Lucila Frend (acusada por el crimen de su amiga Solange Grabenheimer) y los asesinos del soldado Omar Carrasco lo han conocido. Castex es un fiscal de la mente que no abusa de los tests porque prefiere la clínica y la conversación. Su técnica es la de “crear círculos para ingresar de una manera sutil y sin esquemas”: un RSVP para escudriñar en la psicología de los asesinos, de los ladrones, de los violadores… y también en la de los acusados inocentes. Mientras el estudio se colma con las palabras del perito, afuera bulle esa zona pintoresca en la que el barrio de Retiro se amalgama con el de Recoleta y se respiran aires franceses. Ésta es la pequeña patria del doctor Mariano Castex, nacido en 1932, hijo del famoso médico Mariano R. Castex y sexta generación de la familia en suelo argentino. 


Castex habla con elegancia, con gracia y con educación. Habla como debe hablar alguien que es Doctor en Medicina, Doctor en Derecho Canónico, médico legista y del trabajo, especialista en Psiquiatría, licenciado en Filosofía y en Teología, vicepresidente segundo de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires, miembro de la National Geographic Society y de otra docena de instituciones, cura jesuita durante quince años, profesor aquí y allá, asesor en una docena de entidades y autor de cerca de cuatrocientos trabajos científicos –sin contar sus novelas, sus obras de teatro y sus ensayos–. 


“Hay estructuras que no cambian”, dijo el psiquiatra. Y así continúa: “Desde el momento en que el dedo de la Justicia toca a un delincuente, ese delincuente ya tiene un peso que le va a impedir descriminalizarse: sabe que en el orden de la incriminación procesal no zafa nunca más, que está estigmatizado por el resto de su vida”. Para Castex, el marginal no sabe cuándo lo criminalizan: le cae de sopetón, aunque –en las circunstancias actuales– ya está metido en el delito desde la cuna. El psiquiatra prefiere hablar sobre los marginales porque tiene más clientes de aquellos que de los otros. “Algunos más, otros menos, pero todos cometen las mismas fallas en la sociedad, porque en esta sociedad todo el mundo copetea, todo el mundo viola, todo el mundo hace lo que se le da la gana y eso no se comenta”, sigue. “Estos chicos hacen algo de eso dentro de su nivel. No van a estafar con un cheque, no van a dejar de pagar ingresos brutos, no van a ejercer un contrabando, pero hacen lo que pueden para sobrevivir, y la situación se agrava. Hay un problema de no represión”. 


Y tampoco les importa la pena. “Le tienen miedo a la cárcel, odian a la policía y hay resentimiento por la falta de acceso a los medios”, dice el psiquiatra, “pero una vez que entraron todo empeora. Si van a una cárcel común la criminalización los destroza y se vuelven inmediatamente más resentidos, con más bronca”. La cárcel es la universidad del delito: Castex lo afirma con conocimiento de causa, porque con el mismo tono gentil con el que cuenta de sus altos estudios también recuerda sus dos temporadas a la sombra y se anima a afirmar lo imposible: “La cárcel fue una escuela superior a todas las demás”. 



La primera vez tras las rejas fue en un sótano oscuro del Palacio de Tribunales, cuando cayó descubierto en la planificación de un atentado: con 21 años, Castex quiso matar a Perón. Corría 1953 y la facultad de Medicina se dividía por sectores políticos. Los conspiradores se habían inspirado en el atentado que acabó con el jerarca nazi Reinhard Heydrich: el 17 de octubre de 1953 cargarían un jeep con explosivos y lo detonarían al paso del General. Sin embargo, la operación se frustró cuando Diego Muñiz Barreto (futuro diputado peronista, desaparecido en 1977) largó todo en un día de curda. La segunda vez que Castex fue detenido conoció una cárcel muy diferente, la de la dictadura del año ’76. Para ese entonces, el perito ya había pasado más de una década vistiendo la sotana de la Compañía de Jesús y había dirigido –bajo el gobierno de Onganía– la Comisión Nacional de Estudios Geoheliofísicos en el Observatorio de Física Cósmica de San Miguel, donde le dio lugar a los profesores expulsados de la UBA con la Noche de los Bastones Largos. “Algunos me decían que yo había hecho una lista de Schindler y me acusaban de convertir al Observatorio en un reducto de zurdos”, evoca con gracia. En poco tiempo dejaría la Iglesia y se sumaría, de un modo extraño pero muy posible en aquellos años de evoluciones y de revoluciones, a las filas del peronismo. Así fue que en 1981 los verdugos llamaron a su puerta. Venían de la División Drogas de la Policía Federal. Castex dirigía entonces una clínica y le habían armado una causa irregular por recetar anfetamínicos. Se trataba, en realidad, de un ajuste de cuentas: algún tiempo atrás el psiquiatra había descubierto a dos empleados practicando un aborto clandestino en su clínica y los había echado. Ambos tenían vínculos con la Fuerza Aérea. Sus enemigos no habían olvidado aquel “reducto de zurdos” del Observatorio. “Los primeros veinte días no tenía idea a dónde estaba”, recuerda. Pero lo dejaron en una celda en Devoto y entonces supo que había tenido suerte. “Cuando salí de la cárcel dije que iba a sacar a todo aquel que pudiera y me he dedicado en estos años a hacer esto”, asegura.


Y por eso la pena de prisión lo crispa: “Yo sostengo que aplicar la pena de privación de libertad, por parte del Estado, es algo muy delicado. El planteo es que si el Estado inventa la pena de privación de libertad y con eso marca a un hombre, tiene que asumir la responsabilidad inherente al daño que le hace. El Estado tendría que asumir las condiciones de protección, de salud, de trabajo, de educación y de formación para poder estar en una cárcel limpia y sana. Aparte, por cada sujeto que se está metiendo en la cárcel hoy, puedo estimar que tiene un promedio de tres nuevos delincuentes generados de ese hecho. Solamente por la experiencia de unos pocos días en la cárcel, un sujeto que entró por un delito poco grave adquiere un odio mayor. ¿Y sus hijos? Son esos tres delincuentes futuros, que sufren el hecho de que no se modifiquen las condiciones sociales”. 


Durante su segunda estadía en la cárcel, Castex escribió El país del Minotauro, una novela de un lenguaje florido que denunci a el estado policial y que fue sacando a la calle en pedazos a través de su abogado. (En 1983, el libro fue publicado y agotó sus ejemplares; y treinta años más tarde, el perito está preparando sus Escritos tumberos, una recopilación de la época). Ahora vuelve sobre aquella figura: “Todo tiende a asegurar que no hay vía de escape, el que entra en las fauces del minotauro no se salva de las fauces del minotauro. Podrán traer algún caso especial, los medios pueden mostrar a un niño disfrazado que diga que se recuperó, y tal vez se haya recuperado de la droga, pero hay que ver cómo se queda después de recuperarse...”. 



Queda claro que el psiquiatra es evidentemente pesimista. Para él no se puede cambiar. Y, sin embargo, llevado al terreno de los que cambian, habla de lo que ha visto. “Hay individuos que cambian, sí, pero en la medida en que fracasan, se estrellan contra las normas ridículas que rigen la convivencia social y vuelven al delito”, asegura. “Pero en ciertos delitos que son ocasionales, los individuos evolucionan bien y se readaptan al mundo para no volver a tocar el tema. Como si estuvieran marcados, sufren un rechazo al hablar del pasado. Y en los chicos pobres eso se da mucho más porque saben que cuando trasciende que tuvieron antecedentes no los toman en ningún trabajo”.


Para cambiar, la psiquiatría ofrece la respuesta de las pastillas. Castex explica su funcionamiento: “Hacen ceder la angustia con lo cual frenan las conductas compulsivas, que son respuestas a estados intensos de angustia, desazón o desubicación, entonces el sujeto reacciona en la forma que se acondicionó. A mayor tensión, mayor tendencia a repetir la conducta de crisis”. También están los tests: en las instituciones psiquiátricas se trabaja con ellos para medir el cambio. Pero Castex no confía en esas herramientas, a las que tilda de “cuento”. “Dicen que observando a los sujetos en la cárcel se nota una mejora en su conducta, pero el cambio de conducta se da porque los tratan como perros”, sigue. “Si yo a un perro lo golpeo y lo golpeo, el perro no va a manchar más el piso, pero un día me va a morder. En cambio, creo que se puede lograr un cambio haciendo lo contrario de lo que implica penalizar delitos suaves y trabajando con buena contención, proveyendo de medios y dándole trabajo a los que salen”.


Cuando, finalmente, Castex es interrogado sobre sus propios cambios (de joven antiperonista a hombre de Perón, de médico a cura, de cura a prisionero), el doctor se sorprende. Como si sus propios cambios no le parecieran tales. “Soy un tipo sumamente pragmático, al que le gusta escuchar las posturas ajenas y le da la razón al que la tiene”, explica. “Admiré profundamente a los pibes que vendían el diario comunista en la calle y a veces les compraba algún número porque sentía que los ayudaba a realizarse en su ideal. Pero también a los que lucharon contra ellos, creyendo que defendían al ideal de la patria. De uno y otro lado he admirado, pero nunca a los que cometieron atrocidades. Hay gente que no me entiende, que me dice que soy cambiante y traidor, pero en definitiva el hombre es libre”. 


 
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