Año X - Número 71

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¿A quien le importa?

Editorial
Por Ricardo Coler

Cuando era chico iba al campo a visitar a mi abuela. Ella siempre tenía preparada una manzana para mí. Roja, recién recolectada, perfecta. Esa manzana tenía un sabor especial, un olor especial. Mi abuela le sacaba brillo con la punta del delantal, me la ponía en la mano y se quedaba mirando. Yo era un poco atolondrado y apenas empezaba a comer la manzana se me disolvía en la boca, mojándome la cara con el jugo fresco. Entonces mi abuela se cruzaba de brazos y sonreía.
Nunca más volví a tener esa  sensación con una manzana. Tampoco volví a ver en ninguna mujer la dulzura de la mirada de mi abuela.
Menos mal.
Aunque crea que el gusto de la manzana y la sonrisa de mi abuela tendrían que emocionar a todo el mundo, la verdad es que al único que puede importarle es a mí. Para todos los demás es un problema. El de soportar las historias que me conmueven y fingir que a ellos también les interesa.
Mi abuela odiaba el campo, le hacía mal la fruta y no era una viejita de mirada tierna. Pero que a nadie se le ocurra censurar la versión de mi infancia, ni los problemas que tuve después con mi familia, ni los detalles mínimos de mi relación con los otros.
No se puede andar por ahí pretendiendo que los otros sientan lo mismo que nosotros. Honestamente, ¿a quién le afecta el gusto de la manzana que me daba mi abuela? A nadie. Por eso, si no selecciono, es injusto acusar a los demás de ser insensibles con mis sentimientos.
Es frecuente que a los escritores se les ocurra una frase que a ellos mismos los conmueve. Buscan en sus textos un lugar destacado y allí la dejan. Una frase aislada, con un punto y aparte. Supongamos que uno de ellos realmente logró una frase perfecta. El escritor le entrega el manuscrito al editor y espera su comentario. Como después de un tiempo el editor no lo llama ni le dice una palabra, sospecha que no lo leyó. El escritor lo cita, se reúnen y en la conversación se da cuenta de que aunque leyó el texto no reparó en esa frase. Entonces le pregunta específicamente por ella. El editor quiere saber en qué página puede encontrarla. Se lo dice. Al editor le gusta, le parece muy bien y después le cambia de tema. El escritor insiste. El editor le contesta que es cierto, que esa frase es muy interesante. A partir de ese momento todo lo que se diga será interpretado como soberbia del escritor o mal trato del editor.
Si se tienen dudas sobre el amor de alguien se lo puede probar contándole detalladamente los sueños. Todos los días, uno. El que soñó se levanta, por ejemplo, angustiado. Pero no se lo cuenta a un psicoanalista. ¿Para qué, si está en pareja?
No hay nada menos interesante que los relatos de sueños, imposibles de entender, difíciles de recordar. Si después de un tiempo esa persona sigue durmiendo con nosotros, no hay dudas, es amor del bueno.
No hay que confundirse. Los que nos miran atentos mientras hablamos de lo que no le importa a nadie no nos están escuchando, están esperando su turno.


 
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