Año 10 - Número 71

volver al sumario

¿A quién le importa?


¿A quién le importa lo que escribo?

Por Aníbal Jarkowski


En el silencio íntimo y solitario de su tarea, un escritor se pregunta a quién le puede importar lo que él escribe. Adivina que a nadie, hasta que un descubrimiento inesperado y tardío le muestra que tal vez estaba equivocado.

 

Pasé una parte de mi adolescencia escuchando, entre otros, los discos de Sui Generis –disculpen–. Tengo la impresión, no más que eso, de que el rock, siempre tan aseverativo, e incluso imperativo en sus letras, en aquellos años se permitía con frecuencia los versos interrogativos, acaso más propios de la incertidumbre de adolescentes y de filósofos. How many roads most a man walk down before you call him a man?

Yo escribía poemas y cuentos y pasaba ratos inventándole nuevas estrofas a canciones de Charly –al comienzo Charlie– García que, como “Quizás porque”, eran fáciles de extender porque se sostenían formalmente en anáforas, a las que sólo había que añadirles una continuación que respetara la métrica impuesta por la música. Cuando tenía trece años, y García diez más, apareció Pequeñas anécdotas sobre las instituciones; lo compré y entonces comencé a tener, siempre muy cerca, la pregunta ¿Para quién canto yo entonces?

Con el tiempo, un largo tiempo, publiqué tres novelas y para los demás me convertí en escritor. Si en algo me mantuve fiel a aquel adolescente que fui, es que en aquellos años escribía para mí y nuca dejé de hacerlo de ese modo, con ese fin.

No es ningún mérito ni ninguna rareza; tenía y tengo la convicción de que a nadie le importaba ni le importa lo que escribía o escribo; no se esperaba ni se espera nada de mí a ese respecto. Se espera de una obrera o de un empleado que asista cada día a su puesto de trabajo y, en el plazo de horas estipuladas en cada caso, sus patrones esperan que no haga otra cosa que trabajar –Preferiría no hacerlo–.

O es razonable que uno mismo espere que el colectivo o el subte no se demoren en llegar, y mejor todavía si llegan con asientos vacíos para poder leer sin incordios durante el viaje; pero no tiene mucho sentido que uno espere la aparición de un libro. Ya hay muchos en el mundo, realmente muchos; y además hay muchos grandes libros que se desentienden de su año, de su década, de su siglo de publicación, y siguen siendo nuevos y uno todavía no leyó. Están ahí, es más razonable ponerse a leerlos antes que esperar a que aparezca uno nuevo; si aparece, y acaso aparezcan cada vez más, llegará el tiempo de darle nuestro tiempo. La literatura, como todas las artes, es lenta, muy lenta –lo que para muchos es irritante, aunque no constituye un verdadero problema: esos irritados no son artistas, pero todavía no lo han advertido–; convendría reservar la ansiedad para esperar la llegada de una ambulancia o de una autobomba.

En aquellos versos de “Para quién canto yo entonces”, García daba, al fin, con alguien más o menos preciso para quien estaba escribiendo:

Y yo canto para usted,
el que atrasa los relojes,
el que ya jamás podrá cambiar
y no se dio cuenta nunca
que su casa se derrumba.

Yo, sin embargo, al escribir no encontraba, ni encuentro, ningún “usted”.

Cuando comencé a publicar, poco a poco fueron apareciendo lectores a quienes les importó lo que había escrito, lo que nunca dejó ni deja de desconcertarme. Reseñas en diarios y revistas; algunos artículos en publicaciones especializadas; la inclusión de alguna de las novelas en programas de seminarios. También les importó a personas cercanas, y otras, desconocidas, me escribieron cartas manuscritas o mails, o alguna vez se me acercaron en la calle, el subte, una librería o los pasillos del colegio o de la facultad para decirme que habían leído un novela mía y dejarme su impresión. En cada uno de los casos, contigua a la alegría siguió la perplejidad.

Leo en “No me olvides”, un cuento de Ezequiel Martínez Estrada: “Comprendí que ser escritor es no ser nada”. Esa frase tiene su sentido específico en ese relato, pero recortada de él y pasada a mano en mi libreta de notas, conserva, para mí, un sentido pleno.

(El escritor, la escritora son inexistentes; quienes aparecen fotografiados en las solapas de los libros, participan de entrevistas, de mesas redondas, de firma de ejemplares, de concursos, no son los escritores sino fantasmas, máscaras, representaciones creadas ad hoc; el escritor, la escritora, mientras tanto, están leyendo o escribiendo.)

Sin embargo.


II.

Es chico; está en segundo grado y en su escuela tienen el hábito de que cada mañana, a la hora de la formación en el patio, después de dar los buenos días e izar la bandera –lo imagino a partir de mi propia experiencia en la escuela primaria; no tengo a la mano al narrador omnisciente–, entre todos los que se postulan la directora elige a un alumno o alumna para que comente una noticia importante –quedan expresamente excluidas las noticias policiales, las futbolísticas y las del mundo de la farándula–.

Cada noche, cuando su padre vuelve a casa, revisan juntos los diarios que se apilan en un pequeño canasto de mimbre; buscan noticias, conversan acerca de la importancia de cada una y eligen alguna que él, al día siguiente, llevará a la escuela. La recortan.

Hacen así durante varias semanas, hasta que una noche le dice a su padre que ya no busquen más; es en vano. Cuenta que la directora elige siempre a los alumnos más grandes de la escuela, de manera que ni él ni sus compañeros de grado tienen la oportunidad de comentar la noticia importante. Entonces dejan de revisar los diarios.

Pasa el tiempo.

Están cenando; conversan, hacen bromas, elogian la comida de la madre; su hermano mayor, que está en la secundaria, protesta por las tareas que le encargaron en el colegio y que le ocuparán todo el fin de semana. Él, de pronto, mientras come, recuerda una novedad; dice que esa mañana, durante la formación, levantó la mano y por primera vez le dieron la oportunidad de comentar la noticia importante. Dijo que su padre había escrito un libro.

Ese chico es mi hijo menor. Recién nacido y durante meses, igual que a su hermano, cada noche lo acunaba en mis brazos –para escándalo de mi mujer que, desde otro cuarto, me oía desafinar– cantándole canciones de Sui Generis hasta que se quedaba dormido y lo acostaba, primero en el moisés y más tarde en la cuna.

Aquella noche, en que nos contó su noticia importante, me hizo entender que a él le importaba lo que yo escribía, más allá de que no pudiera leerlo; o acaso fuera precisamente por eso.

Sigo escribiendo para mí; en eso no he cambiado. Sin embargo, eso poco tiene que ver con el hecho de que si hay alguien a quien le importe lo que yo escriba, o el hecho mismo de que escriba, es a mis hijos. Fue un descubrimiento inesperado y tardío.

 

III.

Escribo esta nota en soledad, frente a la computadora, desentendido de cualquier otra cosa; eligiendo una forma –por ejemplo, pasar de la primera a la tercera persona y después volver a la primera–, cada palabra que sucederá a las anteriores; releo, reemplazo una por otra, corrijo aquellas donde no acerté con la tecla correspondiente; paso algunas frases de redonda a letra cursiva; me detengo en los signos de puntuación, recaigo en mi aprecio por el punto y coma. Mis ideas y mi gusto acerca de la escritura son, para bien y para mal, mis únicos lectores, mis únicos jueces; a ellos me dirijo para que aprueben o reprueben lo que escribo.

A nadie más que a mí le importa lo que estoy haciendo en este escritorio, ahora que cae la noche –me doy cuenta por la lenta oscuridad que, a través de las ventanas, fue deslizándose por las otras habitaciones hasta llegar a donde estoy, alumbrado por una blanca luz artificial que neutraliza la percepción del paso de las horas– y voy entendiendo, aunque mañana me arrepienta, que lo que pensaba escribir dio con su forma.

Seguramente a partir de la frase anterior recuerdo ahora un verso de Rubén Darío; sólo a mí puede importarme ese recuerdo, pero decido –nadie lo espera, nadie me obliga, a nadie le importa– teclear el símbolo de cursiva en la pantalla, anoto Yo persigo una forma que no encuentra mi estilo, y desactivo el uso de cursivas.

En este momento percibo que la forma de esta nota me indica que ya va a cerrarse; si desatendiera esa indicación añadiendo alguna otra anécdota, extendiendo la nota sin necesidad, dañaría su forma.

Grabo el documento en la computadora. No tiene sentido imprimirlo porque acaso en un rato, o mañana, me dé cuenta a tiempo de que tal o cual cambio serían apropiados. Me parece mejor demorarme –estoy escribiendo para mí–.

En un rato voy a estar de nuevo con mis hijos. El más grande estará haciendo las tareas del colegio, escuchando música o tocando la guitarra en su cuarto. Tal vez el más chico me pregunte qué estuve escribiendo, aunque él, precisamente él, a quien le importa lo que escribo, por ahora no podrá leerlo y en unos años quién sabe si le importará.



 
CONTECTATE CON LMDMV