Año 10 - Número 71

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¿A quién le importa?


Quisiera ser invisible


Por Marcela Basch


El anonimato absoluto que nos da la gran ciudad –y si es lejos, en otro hemisferio, mejor– se parece menos a un pasaporte para abandonar las apariencias, que a un modo de liberarnos de las expectativas ajenas para interpretar, libremente, todas las versiones de uno mismo.



¿Les conté de la vez que me metí de cuerpo entero en un tacho de basura? No, claro que no. Porque no es nada para andar contando. A la gente le da asco y esas cosas. Y mucha más impresión y rechazo les daría si les digo que me metí en el container para buscar comida, y que rescaté alguna cosa en estado razonable, y que después la cociné y me la comí.
¿A quién le importa? A nadie, claro. Pero seguro que alguno habrá hecho un gesto de asquito al leer. ¿Y a quién le importan los gestos de lectores desconocidos? Desafortunadamente, y mal que me pese, a mí.
Porque aunque no sea problema de nadie, siempre me pesaron las hipotéticas miradas en la nuca. Me cuesta entender a la gente que busca fama: que la reconozcan, que la saluden por la calle, que todos opinen sobre ellos. Debe ser terrible, ¿cómo vivir sabiendo que cada paso que uno da es evaluado y juzgado por miles de personas? Una piedra en el cuello.
Y aunque mi parte racional sabe que es mentira, que cada uno tiene su propia vida para entretenerse y nadie está pendiente de mí, por las dudas vivo bastante prolijitamente. Me invento que no, que soy una loca bárbara porque ando con el dobladillo descosido o las raíces crecidas, pero en lo esencial soy una buena chica burguesa al pie de los mandatos. Antes de hacer cualquier cosa mínimamente cuestionable (¿por quién?) armo una batería consistente de razones-excusas. Por eso, mi máxima fantasía ha sido siempre andar sola en un lugar donde nadie me conozca. Redundante, ¿no? Entonces: andar sola, o dicho de otro modo, donde nadie me conozca. Tengo la sensación de que solo entonces, cuando no es premoldeado por las expectativas de nadie, sale el yo del ropero. Una línea de una canción que llevo siempre a mano en el alma de la mente dice “nadie en el mundo sabe dónde estoy”. Suena como un himno.
Otro himno de mi corazón se traduce más o menos así: “Dejo a mi familia, dejo a todos mis amigos/ mi cuerpo está en casa pero mi corazón está en el viento/ donde las nubes son titulares del diario del cielo/ que me parta un rayo, navego y me voy”.
Y me canto esas cosas mientras viajo en subte de casa al trabajo, del trabajo a casa; mientras escucho al jefe, abrazo a mi hija, contesto a mis alumnos. Y al día siguiente, otra vez, y otra vez. De vez en cuando disfruto acordándome de cuando dormí de cara a la noche en la cubierta de un barco, de la vez que pifié la letra de “My Way” en un karaoké frente a cincuenta turistas yanquis, o cuando atravesé los países bálticos gracias a la amabilidad de camioneros rusos. Mientras, trato de sonreír a los que me conocen, disimular que todavía me como las uñas y pasar lo más inadvertida posible. No está mal.

II
Para muchos, la soledad es un castigo. Hace años, aun antes de las redes sociales, la novia de un amigo me dijo que no podía vivir sin su teléfono en la mano, que le encantaba que la llamaran y jamás lo apagaba. Para mí el celular, aun hoy que me resigné a llevarlo, es un incordio. Cada vez que suena se me empaña la vida. ¿Quién me llama? Mejor un mail. En los mails nadie pregunta dónde estás, qué estás haciendo; se dirá cómo estás, que es lo importante.
Soy claustrofóbica. No me asusta la intemperie sino la asfixia. Una vez renuncié a un empleo porque habían mudado al equipo en el que trabajaba a un subsuelo. Mi jefe, que me estimaba, no me entendía. “En los lugares cerrados me siento protegido”, dijo.
Así como las paredes que a él lo protegen se me vienen encima, la mirada ajena, que para tantos es tan importante, me cuesta no sentirla como una carga. Entiendo que muchos la interpretan como una forma del amor. Bah, lo imagino. Ojalá no me importara el qué dirán; me importa lo suficiente para saber que no lo quiero. Mejor que hablen de otra cosa.
Por supuesto, esto no es más que una expresión de deseos. Claro que estoy pendiente de la opinión de los demás, de la bandeja de entrada del correo, de la columna de interacciones de Twitter. Pero preferiría no hacerlo. Sé que soy más feliz, en estado de gracia, caminando en algún lugar nuevo, cuando nadie en el mundo sabe dónde estoy –idealmente, ni siquiera yo–, y no me siento obligada a responder a las expectativas de nadie, ni siquiera –especialmente– a las propias. Y muchísimo más feliz cuando perfecciono el método y prescindo por una temporada de los espejos. Si un árbol cae en medio del bosque y nadie lo escucha, ¿hace ruido? Si estoy despeinada y nadie me ve, o nadie que conozca me ve, ¿sigo despeinada? Consigo entonces el milagro de ser solo un cuerpo y alma que siente, en vez de un cuerpo y alma autoconsciente. Anular el ego es la llave de la felicidad.

III
Me acuerdo de una ex compañera de trabajo que cada martes llegaba cansadísima a la oficina: esa mañana visitaba su casa la mujer que hacía la limpieza, y ella, para que su empleada no pensara que era una persona sucia, se extenuaba limpiando desde la madrugada.
Una vez me explicaron que la doula, esa figura que acompaña a la mujer durante el parto y el posparto, es una suerte de asistente total pero “sin mirada”. Fundamental: la parturienta puede tener miedo, gritar, mear, cagar; en el posparto todo es físico, está lleno de fluidos, de olores, llantos, errores. Lo último que se necesita es una mirada encima. Por favor, ayudame sin juzgarme. Por favor, que las convenciones del mundo no te importen, que no importen.
Voy a la etimología y, sorpresa: doula en griego significa “esclava”. ¿Tan lejos habrá que ir por ayuda sin juicio?


IV
Las ciudades son ideales para los que disfrutamos del a quién le importa, uno de los grandes placeres del anonimato. Tan horrible como ser famoso, imagino, debe ser vivir en un pueblo a lo novela de Puig, donde las persianas tienen ojos y las paredes oídos y todo es asunto de todos todo el tiempo. En la urbe cantada por Baudelaire, la que engendró los crímenes, los policías y el género policial, somos anónimos hasta que se indique lo contrario. Lo notable es “encontrarse con alguien”: día a día nos cruzamos a miles de personas, en la calle, en el colectivo, en el subte; compartimos el mismo espacio, quizás hasta nos tocamos, pero no nos hablamos ni nos hacemos cargo de miradas mutuas. Nos movemos en pequeñas burbujas, universos autónomos donde a nadie le importa el de al lado; y, desafiando al cliché, no me parece mal. Al contrario, es lo más parecido a la libertad de las rutas bálticas que puedo encontrar en la vida cotidiana.
No hay nada más perturbador que salir en jogging a comprar el pan y encontrarse con un compañero de trabajo; o peor, un ex; o peor aún, el ex de la pareja actual. Alguien con mirada, ante quien mostrarse, armarse. En inglés hay una frase que se usa para dar ánimos, pero también exige: “Put yourself together!”. Componete, organizate, juntá tus pedazos. Y uno es tantos pedazos.
Una vez, puesta a destacar las ventajas del viajar sola frente a una de las chicas fundadoras del bar gay Casa Brandon, recibí una respuesta desconcertante: “Yo estoy bastante cómoda con quien soy”. ¿Es que yo no vivo la vida que querría? ¿Acaso estoy aparentando? No creo. Más bien me agota tener que ser siempre la misma.
Steve Jobs decía que el tiempo es demasiado poco como para vivir la vida de otro. El problema es que eso supone identificar con claridad cuál es la propia vida y cuál la de otro. ¿Y si quiero vivir muchas vidas? ¿Y si me gusta meterme en tachos de basura por la noche e ir a recepciones con alfombra roja por la mañana? ¿Si hoy me siento vieja y mañana niña? ¿Por qué debería ser siempre la misma? ¿Consecuente con qué? Mientras no dañe a nadie, ¿a quién le importa?

V
Una amiga se tomó el buque. Se subió a un barco de carga rumbo a Nueva York. Tres semanas mirando el mar y el cielo. Desde ese limbo nos manda mails a las que nos quedamos con los pies sobre la tierra, atendiendo a todo lo que hay que hacer, a todo lo que el mundo espera de nosotras, todo lo que le permitimos –quizás le pedimos– que espere. Ella, desde su no-tierra, escribe: “Cómo podría pasarla mal cuando en todo el día no hice más que lo que quise hacer. Nadie me necesitaba y yo no dependía de nadie”. A quién le importa puede ser el nombre de la libertad.

 
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